EBULLICION
México vive momentos difíciles. La crisis económica nacional, que veníamos arrastrando desde hace años, fue alcanzada por la crisis energética, que a su vez fue alcanzada por otra crisis económica, pero mundial. La apuesta del gobierno en turno por librar una lucha frontal contra el crimen organizado devino en una crisis de seguridad, mientras que el escaso margen por el que se resolvió la última elección presidencial, aunado a la poca ética de los estrategas electorales, contribuyó a la mayor crisis política de la que se tenga memoria. Tenemos que arreglar los desperfectos lo antes posible, porque la siguiente generación probablemente no podrá, debido a la crisis educativa producto de las prebendas y tratos entre sindicato y gobierno.
La responsabilidad, sin embargo, no recae en un solo individuo. Ni en un solo partido. No es responsabilidad de la izquierda o de la derecha. La responsabilidad es de un sistema político que ha sido rebasado; un sistema político que nació para proteger los privilegios de un grupo perpetuado en el poder, y que poco a poco fue flexibilizando las reglas para dar entrada a nuevos jugadores que, sin darse cuenta, entraban al mismo tablero. Los mismos actores que cambiaban un poco de vestuario y nos querían hacer creer que eran otros, que ahora tenían ideales diferentes. Priístas que ahora son panistas o perredistas; panistas que, ebrios de poder, cometen errores fuera de toda lógica, y que siguen las prácticas más añejas del priísmo clientelar; perredistas que en el mejor de los casos son comunistas trasnochados. Verdes, naranjas, oportunismo y negocio familiar.
México, por otro lado, vive a la vez momentos de ebullición. Ebullición que se siente en las calles, en las conversaciones de café, en los foros de Internet y los comentarios en los periódicos en línea. En el twitter. En las universidades y los grupos de amigos. La gente está cada vez más involucrada en política, y dispuesta no solo a opinar sino a exigir ser escuchada. Partidarios de todas las corrientes que defienden con pasión sus puntos de vista, llevando sus argumentos y acciones a niveles que nuestros padres no podrían sino soñar. Las herramientas a nuestro alcance nos permiten estar informados al momento de lo que ocurre en cualquier lugar del mundo, y movilizarnos de acuerdo a nuestros intereses. Podemos conversar en tiempo real con políticos y líderes de opinión que, de la forma tradicional, jamás tendrían el tiempo o la disposición de tomarnos el teléfono.
Esta pasión, y el acceso a las herramientas adecuadas, son la mayor fortaleza de nuestra generación, y a la vez nuestra mayor responsabilidad. Somos los primeros mexicanos realmente libres, pero tenemos que luchar por conservar ésta libertad: a nosotros no nos volverá a ocurrir un dos de octubre, porque el gobierno no puede atentar contra una sociedad unida e informada; a nosotros no se nos volverá a caer el sistema, porque podemos monitorear las elecciones y denunciar las irregularidades; a nosotros no nos debe de ocurrir otro dos de julio, porque tenemos que ser nosotros quienes cuidemos de nuestros votos pero también quienes no dejemos que el odio y el rencor escalen hasta los niveles del 2006.
Las reformas necesarias para sacar al país adelante no serán obra de los políticos o de sus partidos. Tampoco serán obra del gobierno o de los poderes fácticos. Las reformas tienen que ser obra de nosotros, de la sociedad civil, a través de la participación y de exigir la rendición de cuentas de la autoridad. Tenemos el poder y la responsabilidad de infiltrarnos poco a poco en la toma de decisiones para ser nosotros quienes, a través de grupos de presión y organizaciones ciudadanas, retomemos el poder que confiamos en quienes demostraron ser no más que una partida de ineptos.
Es nuestro turno. Y el siguiente también lo será. Actuemos con la responsabilidad del ciudadano del siglo XXI que es capaz de asumirse, en su actuar diario, como un estadista.
21/10/2009